Jean-Jacques Rousseau





Rousseau, Jean-Jacques Pensador de la Ilustración (Ginebra, 1712 - Ermenonville, 1778). Huérfano desde edad muy temprana, Rousseau llevó una vida errante, desordenada y miserable, procurándose, sin embargo, una formación autodidacta e interdisciplinar. Huyendo del agobiante clima puritano de su ciudad natal, se instaló en París en 1741. En 1750 saltó a la fama al ganar un concurso convocado por la Academia de Dijon al mejor ensayo acerca de los efectos del arte y de la ciencia sobre la sociedad; en su Discurso sobre las ciencias y las artes Rousseau se oponía a la idea de progreso, pues sostenía que la civilización y la cultura sólo servían para corromper al hombre, que era un ser bueno por naturaleza. Enfrentándose a la mayor parte de los pensadores ilustrados, que confiaban en la razón como garantía de la felicidad humana, Rousseau defendía la vía de los sentimientos para reconquistar la armonía perdida (de ahí que se le considere a veces el punto de arranque del movimiento romántico). Su idea del hombre como un ser bueno por naturaleza, pero corrompido por la vida en sociedad, así como la exaltación de los sentimientos, fueron las bases de su doctrina pedagógica, contenida en obras como La nueva Eloísa (1761) y Emilio (1762); esa doctrina se ha considerado precursora de algunas nociones educativas modernas, como la que culpa a las estructuras de la sociedad de las conductas más dañinas de sus miembros, o la de que el aprendizaje no puede hacerse sólo en los libros, sino que ha de utilizar la práctica y la experiencia, apelar a las emociones del individuo y facilitarle el contacto con la naturaleza. Efectivamente, Rousseau practicaba el contacto con la naturaleza con preferencia a las relaciones sociales; y esa temprana valoración de lo natural ha permitido también considerarle un precursor del movimiento ecologista.

Pero Rousseau es recordado sobre todo por su pensamiento político, por lo que se le ha señalado como uno de los padres de la democracia moderna. En el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1755) criticó las injusticias sociales, abogando de forma vehemente por una sociedad igualitaria. En su obra cumbre, El contrato social (1762), concebía el cuerpo social como fruto de un pacto originario, por el que los individuos habían enajenado todos sus derechos en favor de la comunidad; en consecuencia, ésta debía regirse por la «voluntad general», por lo que Rousseau defendía la soberanía popular sin limitaciones. Sin duda estos planteamientos contribuyeron a crear la mentalidad liberal de quienes hicieron la Revolución francesa (1789) y a inspirar las corrientes radicales democráticas que surgieron en su seno. Pero algunos aspectos de la obra de Rousseau han sido interpretados también como precursores del socialismo (por su defensa de la igualdad y por sus ataques a la propiedad privada), del totalitarismo (era contrario a la pluralidad de partidos, a la división de poderes y a los derechos individuales) y del nacionalismo (por la base sentimental que atribuye al Estado). Y es que los escritos de Rousseau son de una gran ambigüedad, prestándose a interpretaciones contradictorias.

Rousseau no tardó en romper las relaciones que había trabado con los enciclopedistas (Diderot y D’Alembert) y en pelearse con Voltaire; también tuvo problemas con las autoridades, que encontraban inmorales muchos de sus escritos. A medida que se fue quedando solo, se volvió un hombre amargado y paranoico, que es el que quedó reflejado en sus obras póstumas: Ensoñaciones de un paseante solitario (1782) y Confesiones (1782-89).

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